SÉNECA DIGITAL

Revista digital del IES Séneca


mayo de 2010

número 3
ISSN: 1988-9607
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Ángel López-Obrero y Antonio Rodríguez Luna: dos rostros del exilio

Carlos Clementson
Poeta y traductor

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Juan Genovés, El abrazo, 1976

 

Hace ya muchos años, en 1980, acompañé al pintor Ángel López-Obrero a la estación de Córdoba a recibir a otro artista paisano nuestro, Antonio Rodríguez Luna, que volvía a su tierra desde México tras cuarenta años de ausencia. Estábamos los tres solos en el andén. Los dos amigos se miraron un momento en silencio hondamente a los ojos, y se fundieron luego en un largo abrazo más que fraternal. Apenas si se dijeron palabra. Luego en la cafetería de la estación Ángel miró a su amigo como si aún no diera crédito a sus ojos, y exclamó en un susurro: “—¡Cuarenta años, Antonio...!”

Antonio Rodríguez Luna, que en su nativa localidad de Montoro creara un importante museo con su muy reconocida obra americana, había plasmado durante nuestra contienda la más estremecedora serie de grabados sobre nuestra guerra civil y el éxodo de los vencidos. Ángel López-Obrero, también pintor señero, y comisario político en el frente de Aragón, había marchado al exilio al sur de Francia, y luego habíase reintegrado a Barcelona, huyendo del avance alemán, en donde fue condenado a muerte por un tribunal militar por “auxilio a la rebelión”. Su pena luego le sería conmutada por largos años de cárcel. En estos dos poemas se encierra parte de dos historias personales que igualmente fueron las de tantos españoles de su tiempo, y que hoy recordamos desde aquí.

 

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Antonio Rodríguez Luna, Don Quijote en el exilio

 

MEMORIAL PARA UN ÉXODO
En el centenario de dos pintores cordobeses

Canto de celebración
a Antonio Rodríguez Luna,
pintor del éxodo y del llanto,
en su regreso a España
(1939-1980)

Y en recuerdo de Joaquín Arderíus,
que me escribía cuando niño,
voz de ese exilio en mi propia casa,
ya para siempre en tierra mexicana.

España que perdimos, no nos pierdas;
guárdanos en tu frente derrumbada,
conserva a tu costado el hueco vivo
de nuestra ausencia amarga...


Pedro Garfias
“Entre España y México”
(A bordo del Sinaia)

Abrid, abrid las puertas. Que pase todo el mundo.
Que no se quede nadie fuera de estos umbrales.
Que entre la luz y el viento. Que entre la luz a chorros,
y oree estos rincones y el alma de la casa
de tanto polvo y tiempo dormido en el zaguán
como un perro a la espera.
Dejadla que entre entera. Que entre la luz y el viento,
el sol, la claridad que os llevasteis vosotros.
Abrid, abrid las puertas y todas las ventanas
del corazón.

Ya estamos
de nuevo todos juntos. Estáis en vuestra casa.
Perdonad: ¿vuestra casa...?
Cómo voy a ofrecérosla
si harto la conocéis, si fuisteis los primeros
en cavar sus cimientos y levantar sus muros;
si era tan vuestra y clara (y tan suyos, vosotros)
ya antes de que viniéramos
a pisar estos ámbitos y ocupar vuestra ausencia;
si era tan vuestra y alta
cuando la enjalbegábais con vuestras risas jóvenes
en días primaverales de juventud y canciones.

Cómo ha pasado el tiempo...

Casi no os conocíamos
y apenas vuestros nombres dejaban una pálida
estela de vacío y ausencia en nuestros labios
si acaso os recordábamos al amor de la lumbre...

Cuánta ceniza y polvo y polvo arrastran vuestros pasos.
Cómo ha pasado el tiempo...

Venid, estáis cansados...
Pasad. Tomad asiento. He aquí el pan y el vino
después de tantos años.

Aquí, a la cabecera
sentáos. Ya sois abuelos. Presidid nuestra mesa.
Contadnos las más viejas historias de familia.
A algunos de nosotros parecerán leyendas
de otro tiempo, tal vez. Y apenas si darían
crédito a vuestros labios si no os vieran de cerca
y os palparan las manos.

Pasad. Lleváis cansados
los húmedos cabellos y el blanco de los ojos
de tanta luz extraña quizá, de tanto olvido,
de tanta soledad y otros pesares,
de andar y desandar tantos caminos
y tantos horizontes distintos a los nuestros.

Arduo oficio vivir en esta tierra ha sido
hasta bien poco.

Y aún más duro el vivir
y el morir lejos de sus murallas, de sus antiguos ríos
y la sagrada sombra del olivo feliz, bien arraigado
en la tierra y el polvo de los suyos.

Qué extraño país el nuestro; triste barro
casi siempre con sed, mal fecundado
con el llanto y la sangre de sus hijos.
Qué estériles cosechas
las del odio, cuán desmayados frutos
engendra el desamor.

Qué amargo, a veces,
nos parece su nombre. Y hay razones
para que nos agriete la lengua al pronunciarlo.

Qué extraño país el nuestro...

Y sin embargo
qué dulce y fino el aire dorado de sus sierras,
la luz de sus almenas, qué materna
su sombra, qué diáfana y tan niña aún sabe el agua
que mana de las fuentes de sus pueblos...

Cómo ha pasado el tiempo... Decid: ¿hemos cambiado?
¿Cómo nos veis ahora, cuarenta años después...?
¿Son éstos vuestros gestos de entonces, nuestras voces,
idénticas a aquellas que os dejasteis atrás,
tras de las olas?

Qué larga fue la espera...
Fueran pasando guerras, fueran pasando años,
fuera desmoronándose sin pulso la esperanza.
Fuera rodando el mundo. Fuisteis cumpliendo años.
Fuisteis muchos y jóvenes
y ahora, mirad, cuán pocos si habéis regresado...

Fueron pasando guerras. Fueron pasando años,
la vida espesa y turbia como un río coagulado.
En el otro costado de nuestra herencia mientras,
sin tierra y sin penates, por vuestras solas manos
otra España se alzaba, humilde y peregrina,
esforzada y errante,
germinando de nuevo verbo y patria;
otra España se abría,
transterrada en la tierra americana.

Cómo ha pasado el tiempo...
Dora otoño las frentes cansadas de los álamos
sobre Guadalquivir. Comban los vientos
su espalda vegetal. Lenta la tarde
se vence en vuestros hombros. Vespertinos
llegáis como el recuerdo.

Está cansada el alma,
dulcemente cansada. Y lentamente
vamos reconociéndoos por vuestros propios nombres,
por vuestros propios rostros que apenas ya si guardan
aquella luz tan joven de entonces que os llevasteis
a sembrarla en el viento.

Os acompañan sombras
de otros como vosotros, fraternales
ausencias, voces, ecos, póstumas compañías
que por el sueño aún siguen andando y desandando
el camino de vuelta que abrieron vuestros pasos.

Muchos faltáis en la hora tardía del encuentro...
Cuánto hueco a la mesa... Año tras año el viento
áspero del camino os fuera derribando
como a los viejos olmos, hendidos por el rayo:
Don Antonio Machado fue el primero, con polvo todavía
de España en sus zapatos, soñando con los días
azules y los soles antiguos de su infancia...
Atrás quedó Rejano, que se quedó dormido,
el pie ya en el estribo, soñando con las huertas
más claras del Genil cuando tan cerca estaba
de refrescar sus pulsos en tanta claridad
y conquistar el tiempo de nuevo entre sus manos.

Atrás quedó Salinas, y León el profeta,
que se llevó consigo el verso, el salmo, el viento,
la voz antigua y honda y eterna de la tierra,
quieto ya para siempre en bronce y descansando
en un parque de Méjico —niño entre tantos niños—,
niño eterno y tan viejo como el dolor humano.

Muchos faltáis en la hora tardía del encuentro...
Cernuda, Emilio Prados, Moreno Villa y tantos
y tantos de vosotros cuyo nombre no viene
escrito en las Historias, vosotros cuyo oficio
no era sino la tierra, el mar: el sudor cotidiano.
Y aquélla os desertaba. Tantos como no digo
porque se inundaría el mar de muertos...

Muchos faltáis en la hora tardía del regreso.
No nos salen las cuentas. Muchos faltáis...
Qué huérfana se quedó nuestra madre
sin tantos de vosotros. Qué pobres los hermanos
más pequeños sin vuestra voz. Hubimos
de reinventar la vida entre nosotros solos,
trazando los primeros
renglones sin vuestra mano, errando
la luz y la alegría
sin ayuda de nadie. Qué yerma la heredad
sin vuestros brazos.

Qué larga fue la espera,
sentados a la mesa común con los manteles
puestos para el encuentro.

Pero tú has vuelto, Antonio.
Ya estás entre los tuyos. Hermano, bienvenido.
Después de tanto tiempo
hoy la tierra es más nuestra porque estás con nosotros.


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